NAPOLEON, Eternamente bohemio

Allá por 1936, la abundante oferta de perros callejeros en Villa Crespo predisponian a los muchachos de la barriada a procurarse una mascota.
Así fue que Napoleón, un cuzquito azabache, vagamente salchicha, llegó a las manos de Francisco Belón, socio número 84 de Atlanta. Paradójicamente, se lo regalo Camilo Di Bella, vecino y archirival, nada menos que el portero de la cancha de Chacarita, que encontró al animal en las instalaciones del club.«Vos si que zafaste» le dijo Francisco a Napoleón en la cocina de su casa, mirándolo a los ojos, mientras cuidaba que el agua no hirviese. El perro lo contemplaba echado de panza, con una pata apoyada sobre una desvencijada pelota de cuero, invitándolo a jugar otro ratito. «¿Zafaste de Chacarita, vos» ¿Acá vas a ser de Atlanta! ¿El mejor equipo que hay!». El perro movió la cola, giró sobre sus patas traseras sin soltar la pelota y encaró para el patio, enhebrando macetas.
No tardó Francisco en someter al can a un férreo entrenamiento con pelota, hasta conseguir que desarrollara una serie de rutinas que hicieron que Napoleón terminara consagrado como mascota oficial del club.
El perro entraba a la cancha con los jugadores, participaba de los pasecitos de calentamiento. ladraba a los rivales y posaba para la foto del equipo. Ya comenzado el juego, seguía las alternativas corriendo detrás del alambrado por la línea lateral, acompañando los ataques de Atlanta. Festejaba los goles. Si su equipo perdía, volvía a casa taciturno, caminando con la cola entre las patas, pegado a la pared.
Napoleón se fue haciendo famoso. En una edición de El Gráfico de la época, el periodista Félix Frascara dio cuenta de la perfomance del pichicho durante un entretiempo de un partido frente a River. «Empujándola con la cabeza, entre el cogote y la espalda, a toda velocidad entre las piernas de quienes intentaban quitársela, el perrito atajaba y gambeteaba y era saludado por una ovación del público. Napoleón empezó a ser motivo de orgullo para los sentimientos bohemios.
Los hinchas lo convirtieron en cábala. Empezaron incluso a llevarlo de visitante. Francisco y su barra se la ingeniaban para «meter el perro» en el tranvía, y Napoleón ladraba, presente en cualquier cancha donde jugara Atlanta.
El 22 de noviembre de 1936, los Bohemios enfrentaban a Talleres de Remedios de Escalada. Napoleón aguardaba en la boca del túnel, en brazos de su dueño, el momento de la salida de los equipos para ingresar con ellos al campo de juego. Francisco lo notó nervioso, estallaron unas bombas, el estruendo asustó a Napoleón, que huyó por el vestuario y desapareció debajo de las tribunas de madera. No lo pudieron encontrar. Al finalizar el primer tiempo Atlanta perdía 5 a 1. El aire en el vestuario se cortaba con un cuchillo cuando Napoleón apareció. En el complemento, Atlanta convirtió cuatro goles logrando empatar el partido que terminaba 5 a 5. Napoleón además, hacia milagros.
Abril de 1938. Napoleón sigue siendo el mismo perro humilde de siempre, fiel a sus amigos de la barra de Francisco que había convocado a una reunión para dirimir la operatividad del traslado de la mascota a La Plata, el domingo siguiente, para enfrentar a Estudiantes, el tema era como colarlo en el Roca, como neutralizar al guarda. En esa discusión estaban mientras Napoleón remoloneaba a los pies de su amo, cuando algo llamó la atención de la mascota. El movimiento de una sombra en la vereda de enfrente lo alertó. Salió disparado al mismo tiempo que un Buick negro clavaba inútilmente sus frenos en el empedrado de la calle Muñecas. Murió en el acto.
“Falleció Napoleón, verdadero as del fútbol porteño”, tituló el diario Ahora. “Napoleón ha muerto. Un automóvil negro, como la muerte, lo llevó por delante”, escribía el consternado cronista del diario Argentino de La Plata. Había que decidir que se hacía con el finado. Alguien propuso cremarlo y esparcir sus cenizas en la cancha. Una vecina ofreció su florido jardín, para enterrarlo allí, donde todos pudieran rendirle homenaje. Francisco estaba desolado. Pero algo parecido a una revelación le vino a la mente: “lo embalsamamos”, dijo y para convencer a los deudos de las virtudes de su propuesta, argumentó que la mascota podría seguir ¿viviendo? En las vitrinas del club, junto a los trofeos y a las medallas. Además, “le evitarían al can la traumática experiencia de habitar en el mundo de los funebreros”.
Un paisano del barrio taxidermista, fue convocado de urgencia. El científico hizo un buen trabajo. Al cabo de unas semanas Napoleón, ya sin su alma, luciendo un coqueto correaje de cuero. Coronado con un escudo de Atlanta de pañolenci y con su patita apoyada en la pelota, era en una vitrina la principal atracción de la sede del club. Y lo fue por muchos años. Hasta que un día Francisco, en disidencia con la Comisión Directiva del club por cuestiones políticas, rescató a la mascota de la vitrina y se lo llevó a su casa. De todos modos Napoleón estuvo presente en los festejos del centenario del club, en 2004.
Hoy Napoleón discurre la eternidad de su extraña existencia al cuidado de Osvaldo Belón, hijo de Francisco, que nació un par de años después de la muerte del perro al que todas la mañanas le acaricia la cabeza.